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Valle-Inclán vuelve al protagonismo, si es que alguna vez estuvo alejado de él. Y lo hace con una triple entrega del Centro Dramático Nacional que pone de relieve, a pesar del paso del tiempo, la modernidad del autor gallego, que expresa en estas obras la belleza de lo feo, la miseria humana y las pasiones más animales de nuestra especie. La cita es en Madrid, en el teatro que lleva su nombre, el Valle-Inclán.


Desde el 30 de abril y hasta el 21 de junio, el Centro Dramático Nacional interpreta en el Teatro Valle-Inclán “Avaricia, lujuria y muerte”, que comprende tres piezas de las cinco que Valle-Inclán recogió en su compendio “Retablo de la avaricia, lujuria y muerte”. Son tres obras que no tienen una trama en común: quizá el único nexo entre las tres piezas es ese aire noturno y sórdido en que se desenvuelven las tres historias.


En sintonía con ese mundo de espejos, sombras y movimientos reflejos que simpre cultivó Valle-Inclán, Ligazón, la primera historia, es un “auto para siluetas”, según reza el subtítulo, mientras que las otras dos, Rosa de Papel y La Cabeza del Bautista, son “melodramas para marionetas”.


Las historias que ponen en escena los directores destilan magia, sordidez, oscuridad, mucho simbolismo y también, como no, un ‘puñaíto’ de onirismo y una pizca generosa de esperpento.





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